martes, 15 de mayo de 2012

EL SONIDO DEL TIMBAL




Lorca. Un año después de aquel terrorífico día cuando, la furia desatada de la tierra, acabó con ilusiones y esperanzas. Cuando en apenas unos segundos, el temblor, convirtió en ruinas lo que había costado siglos levantar. Y con ello, en una cadena sin final, acabó con la economía, el desarrollo, el comercio, la alegría en fin con el normal desenvolvimiento de una ciudad de noventa mil habitantes que se ha visto abocada a rogar, suplicar, protestar, manifestarse y demandar las prometidas ayudas que, la incompetencia de Tirios y Troyanos, ha convertido a la hermosa ciudad en un espectro de tristezas y amarguras donde, la otrora alegría contagiosa de sus gentes, ha desaparecido como por ensalmo. La tierra acabó con todo. El movimiento telúrico fue mucho mas que eso y sus consecuencias se siguen cobrando victimas un año después.

Estos días previos al once de mayo, desde la Cadena SER en la Región de Murcia, hemos estado ofreciendo datos actualizados y pormenorizados de la situación actual de Lorca. Hemos hablado de pisos derruidos, cerrados, en ruinas o en un “limbo” legal que no se sabe ni donde están. De las mas de siete mil personas que, un año después, anda errantes por ahí sin perspectivas de nada. Nos hemos ocupado del comercio. Muerto. Enterrado bajo la losa de la falta de alegría y las trabas burocráticas. Cerrados, abandonados o simplemente dados de baja. La agricultura, motor importantísimo de la economía lorquina, ha sido otro de los focos de atención donde, mi compañero Lázaro Giménez, puso su atenta mirada para hacernos saber a todos que entre el frenazo que hoy padece el sector, la competencia desleal marroquí, los problemas con Europa y el terremoto (maldito terremoto) han arrastrado también a la ruina a muchísimas economías lorquinas. ¿Y el automóvil? Pues ya me dirán ustedes. Si la gente no se compra una camisa nueva en la tienda de la Avda. Juan Carlos I difícilmente va a cambiar de coche. Imposible.

Así podría estar contándoles cosas y “casos” de una ciudad sumida 
y paralizada en las consecuencias de los terremotos de hace un año. Mi compañera Angels Barceló, con todo su equipo de periodistas, que volvió a Lorca un año después para realizar un extraordinario Hora 25 dedicado a la ciudad del Sol, ella, paseando por la Viña bajo un sol de justicia del mediodía de mayo, me decía: Alberto no entiendo como un país que se llama moderno y civilizado ha sido incapaz de solucionar todo esto en un año. Le di la razón y no tuve respuesta, ni la tengo, para su pregunta.

Fue una jornada de encuentros y reencuentros. De comprobar, aunque en un año he estado mil veces en Lorca, que todo sigue igual. Que todo permanece como si el tiempo no hubiera pasado. Sí, por la tarde, con todas las actividades: conciertos, actos en memoria de los nueve difuntos, recitales de bandas de música, homenaje a los hombres y mujeres de la UME, autoridades, coches oficiales, calles cortadas al tráfico y demás, gracias a todo eso, la ciudad se había “vestido” de gala. Se había puesto el traje de fiesta, los tacones de aguja, el mantón de Manila, el collar de perlas, la flor en el pelo y lucía la mejor de sus sonrisas. Lorca estaba bonita. Hermosa. Atractiva y señorial como siempre. Una hermosa jornada de la primavera que nada tenía que ver con aquella otra de hacía un año.

Pero, Lorca, estaba vestida y maquillada para “salir a escena” Para presentarse en sociedad, para que la vieran hermosa todos aquellos que habían llegado a visitarla un año después. Mas, cuando se apagaron las luces y los focos. Se fueron políticos y periodistas la vieja dama, señora del Guadalentín, volvió a entrar en su camerino, se quitó el maquillaje, la peluca, el vestido largo, las perlas y los tacones y al mirarla, a solas sin admiradores y curiosos, la vi con sus calvas, con su alopecia, en la Viña, San Diego, San Cristóbal… esos malditos solares que siguen siendo la imagen de una ciudad que no termina de salir de su pesadilla. Una larga pesadilla de un año. En la madrugada, en la soledad de la noche, cuando abandonaba la ciudad el vientecillo de la primavera mecía, en mil fachadas, las pancartas reivindicativas de un pueblo que ya esta harto de tanta palabra vacía y tantas promesas huecas. Pero volvamos hacia atrás a las diez de la noche.

Mis compañeros de Hora 25, realizan el programa en el Centro Cultural Espín. En plena Corredera la “sala de estar" de la hermosa Lorca. Ha sido un día agotador. Caluroso en extremo. Hago un receso, sin dejar de escuchar el programa por mis auriculares, y me voy a la cercana Plaza de San Vicente donde otrora se levantaba sobre una columna miliaria la estatua del santo predicador valenciano. El mismo que según la tradición limpió sus sandalias de caminante para no llevarse, de Lorca, ni el polvo. Cosas de las leyendas negras por supuesto. Lo que si se ha llevado el terremoto ha sido su monumento, a lo mejor como venganza de la tierra que él mismo se sacudió en aquellos días.

Pues eso, en la soledad de la noche, me siento en una de sus terrazas a tomar un refresco y relajarme un poco después de las jornadas vividas para que todo saliera como estaba previsto y sin fallos. De hacer examen de conciencia y repasar para poner a punto mis notas de todo cuanto había visto y vivido.
En eso estaba cuando, la soledad y el silencio de la recoleta plaza, se vio de repente interrumpido por el sonido de un timbal africano de esos que, vendedores ambulantes de origen subsahariano, ofrecen a los viandantes. El instrumento sonaba con insistencia, ya empezaba a molestarme aquel monocorde toque sobre la piel del timbal, cuando de repente ví el origen y procedencia de aquel ruido.

En una mesa cercana, una pareja joven con un niño en su silleta le intentaban dar la cena. Un niño de apenas tres años o así al que, sus padres, habían comprado aquel timbal africano en algún lugar de Lorca donde, un inmigrante llegado también a esta  tierra de promisión, estaría sobreviviendo con la venta callejera. Seguro que, a aquel vendedor ambulante, inmigrante y sin papeles, el terremoto también le quebró la vida y le dejó sin techo, sin futuro, sin esperanzas. Seguro que con la quincallería de sus collares y pulseras, las labores artesanas de madera, mascaras de rictus indescifrables y elefantes tallados a mano junto a los timbales, le ayudan a ganarse unos euros y que la noche no sea tan dura todos los días.

 Y el niño seguía. Bocado a la cena que amorosamente le daba su madre y sus manitas de nuevo aporreando el instrumento. Aquel sonido del timbal retumbando en la vacía plaza de San Vicente, en la noche de primavera, tuvo para mi el sonido apremiante de los latidos lorquinos que reclaman, a golpe del timbal de sus corazones, y con la rabia contenida, que de una vez por todas Lorca vuelva ser lo que era hace un año antes de aquello. El orgullo de Murcia y de todos los murcianos.

El descompasado redoble del timbal, en las manos de aquel niño, fue también para mí una llamada a la esperanza. El corazón de Lorca sigue latiendo.





sábado, 28 de abril de 2012

LORCA: PESADILLA SIN RESPUESTAS


Porque las rosas buscan en la frente 
un duro paisaje de hueso 
y las manos del hombre no tienen más sentido 
que imitar a las raíces bajo tierra…
(Gacela de la huida. Federico García Lorca)

Aquel dia era miercoles 11 de mayo. Un dia como cualquier otro. Incluso un poco mas caluroso de lo habitual por estas tierras. En torno a las cinco de la tarde la tierra tembló por primera vez en Lorca con una magnitud de 4.5 en la escala de Rigther. Y apenas dos horas después, en torno a las siete menos diez, la sacudida fue muchisimo mayor y mas devastadora. La magnitud alcalzó los 5.1 grados. El caos, la destruccion, la desolacion y la muerte se pasearon por la ciudad a lomos de los caballos apocalipticos que anuncian el fin del mundo. Los seismos dejaban tras de si nueve muertos, mas de trescientos heridos y miles de personas sin hogar. La ciudad habia quedado arrasada.






Mas tarde dirian los expertos que fueron terremotos de nivel medio o moderado pero que la proximidad epicentral a la superficie y la ubicación del nucleo urbano sobre el eje de la falla asi como las particularidades del terreno formaron una combinacion explosiva puesto que la intensidad alcanzó el grado VII. El máximo en la escala de la Red Sismica internacional.

Han quedado a fuego, en mi corazon y mi memoria, las imágenes que presencié en Lorca cuando llegué a la ciudad en las primeras horas de la noche. Gentes deambulando como fantasmas por las calles. Perdidas y sin rumbo. Personas cobijadas bajo mantas y todo tipo de ropas ocupando todos los jardines y espacios al aire libre que hay en esta hermosa ciudad. Todos los edificios, que se mantenian en pie, apagados como espectros fantasmales de lo que horas antes habia sido vida intensa. El sonido, estremecedor, constante de sirenas. Los motores de los helicópteros aterrizando o despegando. Personas andando perdidas sin rumbo, como ausentes, focos encendidos, militares de la UME con vehiculos de todo tipo, lagrimas en los rostros y gentes que, sin conocerse de nada, se abrazaban para darse el calor de vida tan necesario en aquellos momentos de desolacion y muerte.


Conforme iba amaneciendo sobre Lorca, una mañana grisacea y plomiza, la luz del dia iluminaba un paisaje desolador. Donde hubo vida y alegria, unas horas antes, ahora solo había dolor y sufrimiento. Destruccion. El caos imperaba por todos los rincones de la ciudad y en cualquier calle, plaza o avenida tenias que sortear cascotes y restos que ocupaban la calzada. Incluso de sus impresionantes monumentos, que la convirtieron un buen dia, en ciudad emblematica del barroco español, se habian desprendido trozos de gloria e historia dejando destrozos que ni guerras o revoluciones fueron capaces de hacer siglos antes. La propia fortaleza medieval, santo y seña de la ciudad milenaria, se habia resquebrajado y sus torres amenazaban con venirse al suelo en cualquier momento. Mientras, en nueve familias de Lorca, se velaban los restos mortales de los inocentes que habian perecido en la sacudida inmisericorde de la tierra. Nueve muertos. Nueve historias distintas y diferentes. Nueve formas de morir, cada una sin parecerse a la otra, pero nueve vidas segadas de raiz una luminosa tarde de la primavera cuando, minutos antes del seismo, gozaban de la vida plena. Silencio, desolacion y muerte. Lorca está de luto.





HA PASADO UN AÑO
Lorca no ha olvidado ni podrá olvidar, por mucho tiempo que pase aquella trágica tarde de mayo. Ahora se cumple el primer año. ¿Se ha hecho algo? ¿Se ha solucionado algo? ¿Cómo esta la situacion actual en la ciudad?

Son muchas interrogantes para contestar en este apunte que ofrezco en mi blog. Por eso me voy a ceñir a los datos, en los que estamos trabajando, para plasmar de la manera mas fidedigna y real lo que esta sucediendo hoy en la conocida como “Ciudad del Sol” pues, cuando hablas con gentes de fuera de nuestra Comunidad, se piensan que todo está arreglado y que Lorca ha vuelto a recobrar la normalidad. Nada mas lejos de la realidad pues la ciudad sigue con las heridas abiertas, su economia no despega y lo que es peor, las gentes, las maravillosas gentes de este rincon de España, ya les han salido surcos de dolor en sus almas pues ven, impotentes, como las administraciones se pelean entre ellas, los politicos se lanzan continuamente reproches y la pura y dura realidad del dia a dia es que Lorca sigue estancada en el fango del olvido, no quisiera decir “desidia”, de los que no han hecho todo cuanto deberían haber hecho para que esta poblacion, orgullo de Murcia, hubiera salido ya de la pesadilla donde la incompetencia y la lucha politica le ha tenido inmersa durante todo un año.





Los numeros hablan por si solos. A dia de hoy, mas de ocho mil personas no han podido volver a sus hogares. Esto les ha obligado a alquilar otra vivienda, alojarse con la familia, o buscar ayudas en segundas residencias de amigos que les han prestado su techo. Sumen a todo esto aquellas familias que tienen que seguir pagando la hipoteca, los bancos no tienen culpa de los terremotos ni tienen culpa de nada como siempre, y la hipoteca sigue llegando todos los meses y el alquiler del cobijo temporal tambien aparece en las mismas fechas. El agua, la basura, la luz, el teléfono... hay que seguir pagando incluso cuando de aquel edificio solo queda un solar o es una construcción fantasmal. Pero, los pagos, llegan fijos a primeros de mes. ¿Y las ayudas? Esas "ni están ni se les espera" 


Las zonas mas dannificadas son el “Barrio de la Viña”, barrio de gentes trabajadoras que, en muchos casos, consiguieron sus pisos con enorme sacrificio y muchos de ellos acudiendo a la “vendimia francesa” de temporeros. De ahí que su nombre, la Viña, recuerde los origenes obreros  de emigrantes lorquinos trabajando en tierra extraña. Hoy, a aquellos pioneros del barrio, se han sumado una serie de parejas jóvenes y menos jóvenes que gracias a las modernas construcciones realizadas en la zona, compraron alli su casa para formar una familia. Parejas, familias, que arrastran y tienen por delante mas de treinta o cuarenta años de dura hipoteca. Todo o casi todo destruido.


San Fernando: Una de las zonas mas deprimidas de Lorca. Con un altisimo porcentaje de familias en riesgo de exclusion social. De los nueve bloques de viviendas sociales, tres han sido derribados y los otros seis restantes estan en un estado de ruina inminente. Hay pisos, en la actualidad, saqueados u ocupados pues sus residentes no pueden pagar una segunda residencia. El caos es total y los habitantes de esos bloques corren un serio peligro de perecer en cualquier momento bajo un amasijo de cascotes. Son los mas humildes, los mas pobres, los olvidados de la sociedad en muchos casos con un alto indice de exclusión social. Parecen haberlos abandonado a su suerte.


Alfonso X: Barrio pequeño y humilde. Eran aquellas conocidas como “Casas baratas” del tardo franquismo. Muchisimas de ellas derribadas y otras tantas en situacion indefinida y sin poder habitarse dado el estado ruinoso que presentan. Sus habitantes son, en su mayoria, personas mayores sin recursos, jubilados, pensionistas y enfermos que necesitan constantemente las ayudas sociales. Muchos de ellos, pese a los informes tecnicos, siguen viviendo en esas casas pues no tienen donde ir ni posibilidad de pagar un alquiler. Esperan pacientes que alguien, algun dia, solucione sus problemas. Una media de edad estimada en los sesenta y ocho años. Pensiones de cuatrocientos euros, en los casos mejores, y viviendo de asistencias sociales que, ahora, con los recortes se ven seriamente en peligro.


Aparte de estos tres barrios, los mas afectados por la fuerza telúrica, hay otras zonas dañadas a dia de hoy, un año despues, en la que tambien se han derribado eficios pero en los que la incidencia ha sido menor. Son zonas en pleno casco histórico, en la Avenida Juan Carlos I, en el barrio de San Diego o un numero importante e indeterminado de viviendas unifamiliares repartidas por la extensa huerta lorquina y en especial en la pedanía de Río.




Esta es solo una pequeña fotografía, a vuelo de pájaro y sin profundizar, de la cruda realidad lorquina un año despues de los seismos. Un panorama desolador que ha llevado a muchas familias a situaciones extremadamente dificiles y complejas ya que, la mayoría, con los edificios derribados han tenido y tienen que seguir pagando la hipoteca, dichosos bancos,  no pueden reconstruir, no han recibido las prometidas ayudas y muchas, incluso, no tienen recursos para pagar ningun tipo de piso o un nuevo alquiler. En algunos casos, mas doloroso, en el dia a dia tienen que recurrir a unas mas que desbordadas Caritas parroquiales que se ven impotentes para poder paliar tanto dolor  como hay entre los vecinos.


En lo que va de año mil doscientas sesenta y cuatro viviendas han sido demolidas al sufrir serios daños en sus estructuras. Aproximadamente, en la actualidad, unos quinientos edificios continuan en obras sin que hayan podido volver a ellos sus moradores. Sumando a todos esto, logicamente, las llamadas “obras menores” que  son imposibles de contabilizar pues es muy rara la casa, especialmente bajos, que no siguen en obras despues de tantos meses.

Frente a todo este caos unicamente se han instalado, a dia de hoy, trece viviendas modulares para dannificados que en su momento, hace unos meses, cedió Cruz Roja Española.
Como decía anteriormente, este comentario, es unicamente una pequeña aproximacion a la cruda realidad de Lorca un año despues de aquel trágico once de mayo del año dos mil once. Una pequeña, ínfima, fotografía de aproximación.

 Seguiré, es mi intención, hablandoles del comercio, la agricultura y la economia que, logicamente, se han visto seriamente dañadas y con consecuencias imprevisibles debido a que numerosos comercios han tenido que cerrar sus puertas ya que mas de setecientos, según las cifras que baraja la patronal lorquina, CECLOR, se vieron seriamente dañados por los terremotos y a dia de hoy, de esos, mas del veinte por ciento no han podido reiniciar su actividad.

Mientras todo esto ocurre, en este hermoso rincon de España, los politicos de uno y otro signo buscan, en el contrario, el culpable de semejantes desatinos. El tristemente celebre “y tu mas” se instaló un mal día tambien en Lorca y se ha perdido muchisimo tiempo, demasiado, en arrojarse las miserias politicas unos a otros. Pero eso si en las dos campañas electorales que hemos vivido en este año, tras los seismos, las autonomicas y municipales mas las generales, todos los lideres, todos sin excepcion, han querido “manchar” sus caros zapatos de marca pisando solares y poniendo cara ciscunspecta ante los medios de comunicación que inmortalizaron su presencia en la ciudad consolando ancianos, acariciando niños o contemplando, con la máscara del drama, en sus caras, las ruinas de lo que hace tan solo unos meses era vida.





No nos olvidemos de esta ciudad. Nos necesitan sus gentes mas que nunca. No nos olvidemos de Lorca y los lorquinos. No pensemos que la normalidad ha vuelto. No miremos para otro lado. Es una labor de todos y entre todos tenemos que devolver el esplendor a una ciudad que fue, en su larga y gloriosa historia, protagonista indudable de momentos de esplendor. Lorca nos necesita igual que el primer dia despues de las durisimas sacudidas de la tiera. Y, que a nadie se le olvide , un año después, porque LORCA SOMOS TODOS.


martes, 20 de marzo de 2012

EL CUENTO DE TODAS LAS NOCHES

 
Como todas las noches desde hacía tres años cuando ya se puso cómoda, se había puesto el camisón,  la bata,  cepillado el pelo y quitado el leve maquillaje que se ponía en su rostro todavía juvenil,  entró en la habitación de Sergio para contarle el “Cuento de la Estrellita” que era el que más le gustaba al niño.  Ella,  durante aquellos tres años, siempre variaba el cuento con algún cambio argumental para que, su hijo, no se aburriera con la misma historia.  Si bien, es cierto, que el niño siempre le pedía que le contara “lo de la estrellita”. Aquella noche como todas las precedentes, también fue hasta su habitación para contarle aquel cuento.
Era una historia que, ella misma, se había “inventado” para su hijo que noche tras noche acababa riendo con lo que le contaba su madre y mas, cuando ella, al contarle lo de “la escalera” para alcanzar el cielo terminaba con aspavientos, haciéndole cosquillas y él se reía con todas sus ganas. ¡Como disfrutaban ese rato, antes de dormir, la madre y el hijo!

Erase una vez, comenzaba contándole, que un niño se hizo muy amigo de una estrellita que estaba sola en el cielo. Separada de las demás, esa estrella, para los ojos del niño era la más hermosa y bella. La que más brillaba. El niño quería muchísimo a la estrellita y todo, todo el día se pasaba pensando en ella y deseando que se hiciera de noche para verla brillar allí en el cielo.

La estrellita, como estaba sola y nadie le hacía caso, dejó que el niño la quisiera y le hizo gracia aquel cariño que el pequeño, como tú Sergio, le daba todos los días. Aquel niño, después de mucho buscar por el bosque encantado, encontró un día la escalera para subir hasta ella y así lo hizo.

Eran peldaños de azúcar, después de algodón, luego de nieve, otro tramo de perlas, los tenía también de espuma del mar, mas tarde de flores de azahar… todos los escalones eran blancos, preciosos, para subir hasta el cielo. Una escalera larga, larga, largaaaa (y al decir esto abría los brazos para abarcar toda la habitación y su hijo se reía al ver a su madre hacer aquellos gestos grotescos)

Pero a medida que el niño se acercaba, la estrellita, se fue haciendo más y más popular en el cielo. Otras estrellas y otros luceros descubrieron su luz y se fueron acercando a ella más y más. Ya no estaba sola ni necesitaba al niño para nada. Tenía a otros niños y otras niñas. Pero él seguía subiendo la larga escalera para acercarse hasta ella. Y el niño siempre estaba deseando que llegara la noche para verla brillar.

 Hasta que un día se cayó un porrazo y se dio cuenta que era imposible llegar hasta el cielo por aquella escalera. Ya no volvió a subir, ya no intentó acercarse nunca más, pero desde la tierra, todas las noches, se quedaba mirando a lo alto para ver brillar a su querida estrellita que ya no estaba tan sola. Aquel niño se había quedado en la tierra con su papá y su mamá, como tu cielo mío, antes que seguir persiguiendo a una estrellita que nunca podría alcanzar. Y además, como era un niño muy bueno, él estaba contento porque aunque no pudiera alcanzarla, su estrellita, brillaba mucho más que todas las demás. Y con eso ya era feliz.

Siempre igual, siempre lo mismo. Y el niño, cuando le hablaba de la estrellita y de lo hermosa que era, se reía con todas sus ganas le echaba  los brazos al cuello y le decía muy bajito “mi estrellita eres tú, cuanto te quiero mamá yo no te voy a dejar sola nunca”… Y ella, emocionada, le llenaba de besos mientras le arreglaba la sabana y el edredón para que no pasara frío y no pudiera destaparse durante la noche.

Carlos se acercó a ella después de observarla mucho tiempo en la puerta sin querer interrumpirla. Cuando ya estuvo a su lado la levantó de la cama con suavidad, con todo su cariño, la apretó contra su pecho y con sus besos secó las lágrimas que corrían por sus mejillas.  Hacía dos meses que, Sergio, había muerto de leucemia pero ella, todas las noches, seguía entrando en la habitación y sentada, sobre la cama vacía, le contaba a su hijo el “cuento de la Estrellita”.




lunes, 19 de marzo de 2012

LA CARTA

 Apoyado sobre la mesa del pequeño despacho, con la cabeza hundida entre sus brazos, escondía su rostro. Había dejado, en el expediente, la copia de la carta encontrada entre las ropas de aquel hombre y que el juez había ordenado fotocopiar para que formara parte de las diligencias. En una funda de plástico, la carta, estaba en el interior de una carpeta con el anagrama del Cuerpo Superior de Policia.

Señor Juez cuando encuentren mi cadáver no culpe a nadie de mi muerte pues soy yo el que por voluntad propia ha querido marcharse de este mundo. Solo yo tengo la culpa. Me he cansado de vivir. Hasta aqui he llegado.
Ha sido una vida muy dura. Me marché de casa y abandoné a mi familia cuando mi hijo tenía apenas cuatro meses de edad. Conocí a una mujer, me enamoré de ella, lo dejé todo y me fui a vivir a otra ciudad pero, a los pocos meses, ella me dejó por otro y comenzó mi infierno. No quiso saber nada mas de mi y me quedé tirado en una ciudad donde no conocía nadie y ni siquiera tenía trabajo. Ella me destrozó la vida.
Lo había perdido todo.  Mi piso, el poco dinero que tenía e incluso la decencia y la vergüenza. Me quedé hundido para siempre. Me marché de aquel lugar y me fui bastante lejos. A la capital. Allí empezó mi infierno pues estuve viviendo en una habitación alquilada en una chabola de un barrio marginal. Una puta me dio cobijo durante un tiempo y acabé, incluso, pegándole una paliza por celos que le costó perder uno de sus ojos. En el fondo creo que me quería pues nunca me denunció. Aunque su familia juró vengarse. Tengo el SIDA señor juez. Se me han caído todos los dientes de la boca y el pelo lo perdí hace mucho tiempo. Con poco más de cincuenta años verá usted que parece que tengo ochenta por lo menos.
 Trapichee con la droga, me enganché a ella y a la bebida. Tiré incluso de navaja en alguna ocasión y he robado, muchas veces,  para poder comer. La única compañía que he tenido en todos estos años ha sido la de la soledad. He hecho de todo señor juez y no merezco el perdón de Dios ni el de los hombres. Después y con todo perdido, volví a esta ciudad para encontrar la pista de mi hijo. Lo único que quería era conocerlo y pedirle perdón por el mal padre que fui y como me porté con él.  Pero ha sido imposible pues no he dado con la pista ni de él ni de su madre. Como si se los hubiera tragado la tierra. He ido por mi barrio antiguo, allí ni se acuerdan de ellos. He intentado acercarme a los que eran nuestros amigos de entonces pero me han echado a la calle sin contemplaciones. Todo cuanto he hecho por encontrarlos no ha servido para nada. La gente me ha dado de lado y ni siquiera se compadecen de mi. Nadie quiere saber nada.
He vivido, noche a noche, durmiendo en portales y cajeros de los bancos. He pedido por las calles, he robado para comer y el otro día incluso unos jóvenes me pegaron una paliza cuando buscaba comida en un contenedor.
Estoy cansado de vivir señor Juez. Además creo que, los Romeros, vienen a buscarme pues me ha dicho un colega que se ha enterado que han encontrado mi pista. Son los primos de aquella pobre puta a la que le rompí la cara. Yo no les tengo miedo, señor Juez, pero mi cuerpo ya no quiere más palizas.  Además ¿Qué hago yo en este mundo? Aqui ya no pinto nada. Mas solo es imposible estar. Me he cansado de vivir.
Por eso, hoy, día de San José cuando también se celebra el día del padre he decidido quitarme la vida cortándome las venas con mi navaja, la que siempre me ha acompañado en el bolsillo, y que Dios si existe me perdone. No culpe usted a nadie de mi muerte pues el único culpable he sido yo.
Juan Rubio Pomares

El inspector Juan Rubio Gonzalez tenía ante sí el caso más duro de toda su brillante carrera policial. Laureado con la Cruz al Merito Policial por diversos servicios y distinguido por su labor en Afganistán ahora tenía, sobre la mesa de su despacho, la carta de un suicida. La que habia escrito horas antes el padre que nunca conoció. Su padre.


domingo, 18 de marzo de 2012

LA BODA


Era una mañana soleada de domingo quizá como anticipo de esa primavera que anuncia su presencia en el calendario. Un día de cielos azules y espléndidos. Hora de aperitivo y paseo. Familias con niños, parejas de novios, adolescentes en pandilla, matrimonios cogidos del brazo. Las terrazas con todas las mesas ocupadas. Una jornada familiar y de descanso.

 Como todos los días, se sentó junto a la puerta llamada “del Perdón” en aquella iglesia del centro de la ciudad. Sus ropas, de los fondos de Cáritas,  harapientas  ya por el uso. Un pañuelo cubriendo su cabeza y parte del rostro pues, todavía, le daba vergüenza que la vieran mendigar a las puertas del templo. Por si alguien  la reconocía pese a los años transcurridos. En sus manos ajadas y viejas, manos cansadas de tanto sufrir y vivir, un vaso de plástico para que en ese recipiente aquellos que quisieran le depositaran una moneda.






Su vida había sido así en los últimos cinco años. Todo se le había derrumbado y la calle, y la caridad, eran la única puerta que encontró abierta para poder sobrevivir.

La suya,  fue una juventud marcada por el noviazgo con Antonio, aquel joven carpintero que cuando ella le comunicó que estaba embarazada desapareció del pueblo. Se fue, según le dijo, a Barcelona y nunca más supo de él. Tras el penoso embarazo, que vivió en soledad pues su padre la echó de casa, tuvo que soportar la más terrible noticia cuando le dijeron que su niña había nacido muerta. Rehízo su vida. Años después, trabajó en una fábrica; limpiando escaleras y cogiendo fruta, por el campo, en cada temporada.

Todo cambió cuando conoció a Jesús. Se enamoró perdidamente de él. Y se fue , siguiéndolo, a otra ciudad.  Pero los primeros meses de convivencia dieron paso a un infierno de palizas, agresiones, vejaciones e incluso aquella noche, la última que pasó con él, en  la que atándola y amenazándola con una navaja, la obligó a  tener sexo con dos amigos, uno detrás de otro, con los que mantenía una deuda por un turbio asunto de papelinas de droga. A la mañana siguiente, aprovechando que él no estaba en la casa, salió de aquella ciudad para no volver jamás.

De nuevo en su tierra, la mendicidad, la caridad, las calles en definitiva fueron el hogar donde poder subsistir el tiempo que le quedara de vida.
Sentada allí, en la puerta de aquella iglesia, pensando en su vida pasada, no se dio cuenta de la llegada de la boda. Todos con vestidos caros y lujosos, radiantes, felices. Contraste durísimo  con lo que ella había pasado y que la abocaron, sin remedio, al infierno de su propia vida.
Los invitados y familiares, a la salida de la ceremonia, fueron  generosos, unos más que otros, y depositaron varias monedas en el vaso de plástico que tenía en sus manos. Hasta un billete de cinco euros le entregó uno de ellos. Salieron los novios ya convertidos en marido y mujer. El con frac. Ella con un precioso vestido con más de dos metros de cola y encajes. Arroz, pétalos de rosas, brindis con cava, fotografías, petardos y tracas. La felicidad envolvía a aquella pareja radiante que, a diferencia de ella, iniciaban con amor e ilusiones un nuevo camino juntos.

De pronto, la novia, se fijó en ella. Dejó al que ya era su marido que la tenía cogida de la cintura, y se acercó hasta donde ella se encontraba allí sentada en el suelo. Extrajo dos rosas preciosas de su ramo de novia y se las entregó con una sonrisa preciosa que le iluminaba la cara: “Tome señora. No llevo dinero pero si mucha felicidad ahora mismo. Ojala estas flores le hagan más feliz el día”  Gracias señorita, atinó a decir ella, desconcertada por el detalle que aquella bellísima chica había tenido con ella.

Cogió las rosas y estuvo un rato oliendo su penetrante aroma. Después las apretó contra su pecho, tras besarlas, mientras que novios e invitados abandonaban el atrio de aquel templo en una soleada y primaveral mañana de domingo. Los niños seguían jugando y las terrazas estaban llenas de gentes felices tomando el aperitivo.

Lo que nunca supo ella  es que, aquella novia que le había regalado dos rosas de su ramo, era su propia hija. Aquella niña que le dijeron que había nacido muerta y que sin embargo le robaron en el mismo hospital privándola, seguramente, de haber tenido otra vida muy distinta.




jueves, 5 de enero de 2012

AQUELLAS NOCHES DE INOCENCIA

Quiero tener insomnio. Quiero volver a estar pendiente de cualquier ruido que se cuele, en el silencio de la noche, para escuchar sus pisadas. Quiero “verlos” pasar por delante del cristal esmerilado de la vieja puerta del comedor. Quiero “escuchar” incluso el ruido de los camellos cuando se quedaban, esperando, debajo de mi ventana en aquella castiza calle de Victorio, en el barrio de San Lorenzo. Quiero volver a imaginar que imagino. 

Eran noches interminables. Noches largas y sin fin cuya vigilia empezaba, incluso, en los primeros días del año y que se manifestaba con todo su nerviosismo en la del día cinco después de ver la cabalgata por las calles de la ciudad. Siempre igual, siempre lo mismo. El paso majestuoso de Melchor, Gaspar y Baltasar por las viejas calles de aquella Murcia recoleta y provinciana a lomos de caballos, la gran mayoría de los años, de esa “España en blanco y negro” de mi infancia. 







Después a tomar un chocolate en “El Santos” detrás mismo de Antonio Zamora en pleno corazón de la Platería. Pasar, de nuevo, por el Bazar Murciano repleto de personas que, incluso, hacían cola a sus puertas o delante de los mostradores de madera que se colocaban en la recoleta plazuela hoy llamada de Joufré. En mi imaginación, en mis fantasías, no llamaba la atención por supuesto que aquella gente “estuviera comprando juguetes” de ultima hora. Para nada. 
Pasar por allí era acercarse, unas horas antes, al soñado paraíso de un hermoso amanecer del día siguiente donde, yo, podría disfrutar de todo cuanto había pedido a Sus Majestades en una carta plagada de faltas de ortografía y que, como siempre, habíamos ido a entregar al “Cartero Real” de La Alegría de la Huerta o Almacenes Coy… El Corte Ingles, en Murcia, era ciencia ficción y Galerías Preciados tardaría todavía varios años en instalar su primera “gran superficie” en la Plaza de Cetina. 

Era, a partir de entonces, una larga noche. No, no había televisión. Llegó, al menos a mi casa, muchos años después y cuando ya la inocencia había desaparecido. Solo estaba la radio. Ocupaba lugar de privilegio en la sala de estar, no podía ser de otra manera, la cubría un hermoso tapete de ganchillo que, primorosamente, había hecho mi “Chacha Concha” (una abuela mas que me regaló la vida) y sobre este un portarretratos con una foto de la Virgen de la Fuensanta. En blanco y negro por supuesto. 

Al llegar a casa y tras una cena frugal, para poder dormir bien, me dejaban un ratito escuchando la radio. Primero las andanzas de “Matilde, Perico y Periquín” en las voces de Eduardo Ayuso, Matilde Conesa y Matilde Vilariño (del cuadro de actores de Radio Madrid) Después “El Parte”. En mi casa y en todas las casas, en aquellos años, era casi obligatorio escuchar ese informativo que, además, nos obligaba a permanecer en silencio para que nuestros padres escucharan atentamente las noticias del día. Aun recuerdo, como si hubiera sido ayer, la sintonía de Radio Nacional de España y la conexión obligatoria, de aquella, con todas las emisoras del país. Y por supuesto, la primera de las noticias, la que abría siempre aquellos “partes” era la que leía el locutor de turno con su engolada voz y el estilo literario que mandaban los tiempos, para anunciar a España que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente ya estaban en nuestro país y que, a esas horas, ya habían recorrido los cuatro puntos cardinales en “triunfales cabalgatas”. Siempre igual. Todos los años lo mismo. 


Una vez que aquel noticiario había finalizado, serian las diez y media de la noche, me mandaban a la cama pues, como había dicho la radio, los Reyes Magos ya estaban en España y enseguida vendrían a mi casa. Tocaba acostarse a la fuerza aun sin tener sueño. 
Nunca me paré a pensar que, nada mas meterme en la cama, escuchaba cerrarse la puerta del piso que, varias horas después, se volverían a abrir con todo el sigilo del mundo pero que yo siempre oía. Muchos años después, muchísimos, supe que a mis padres les gustaba salir aquella noche a ultimas horas para hacer siempre alguna compra de ultimísima hora. Y tomarse un chocolate calentito en el Drexco.
 Yo me quedaba con la chacha Concha que, sentada en su butacón de amplias orejeras, quedaba en permanente duerme vela hasta que ellos regresaban. De fondo, en la radio, Alberto Oliveras y aquel programa de la Sociedad Española de Radiodifusión que fue todo un fenómeno social: “Ustedes son Formidables” Un espacio de ayuda a los mas necesitados y de los que tanto proliferaron, aquellos años, por las emisoras españolas para recurrir a la caridad de los oyentes y paliar las carencias y miserias de la población mas necesitada, intentando aliviar la hambruna y la miseria. 

Y así toda la noche en vela hasta que caía rendido por el sueño sabe Dios a que horas. La noche era larga, muy larga. Escuchaba el tic-tac del viejo reloj de pared del comedor. El péndulo incesante en su lento caminar de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Las campanadas a media noche. El silencio de nuevo. Así las doce, la una, las dos…. Golpes secos de gong que, todavía hoy, escucho en mis sueños más hermosos. 

Hasta que un año, lo recuerdo perfectamente, mi mente jugó a favor y les vi pasear sus egregias figuras por aquel antiguo comedor. Estaban allí, al otro lado de la puerta de cristal. Grandes figuras, enormes sombras, moviéndose con absoluta normalidad en aquel universo oscuro donde transcurrían todas las horas de mi vida. El miedo me impidió moverme y, con una reacción de defensa ante lo desconocido, me tapé la cabeza con el cobertor y las mantas. Pero ellos estaban allí. Yo los vi perfectamente. 

Quiero volver a sentir lo mismo. Quiero vivir las mismas sensaciones. Quiero verlos de nuevo. 

• Y quiero ver, sobre la mesa del comedor, la caja de lápices de colores “Alpino” y el plumier de madera, de dos pisos, con el escudo de mi Real Madrid en su tapadera. Las ultimas aventuras de “Guillermo el Travieso” que, todos los años, me traían sus majestades. O los libros de “Vidas Ejemplares” de la colección Bruguera: Ricardo Corazón de León; Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda; El Cid Campeador; Cesar Augusto; Felipe II, Miguel de Cervantes Saavedra…. O aquellos otros, también de Bruguera, con las aventuras de Rin-Tin-Tin y el pequeño cabo Rusty. 

• Y quiero tener de nuevo en mis manos el mecano de piezas metálicas para hacer mil construcciones. O el fuerte de “madera” (el plástico todavía quedaba lejos) con los americanos asomados en sus pretiles defendiendo sus posiciones ante unos indios, perfectamente alineados por las manos regias, delante de las altas tapias del fortín defensivo. Todos ellos de goma y debidamente pintados. Los americanos con las casacas azules, pañolón amarillo al cuello y sombrero negro. Los indios con el torso descubierto luciendo sus habituales pinturas de guerra y con las piernas cubiertas por pantalones marrones con flecos. En la cabeza hermosos penachos de plumas de mil colores… 

• Y quiero volver a saborear el chocolate “de las chucherias” que sus Majestades me dejaban también sobre la mesa principal de la casa y que, mas tarde, comprobaba eran los mismos que se veían, todos los años, en el escaparate de Pedreño en la calle de Platería. Monedas de oro, cajitas de puros y cigarrillos, ristras de ajos de azúcar, saquitos de dulce carbón o incluso perritos y gatos de mazapán con los ojos de bolitas de anís cubiertas de gris….Quiero volver a ver todo eso. Quiero volver a sentir todo aquello. 

• Quiero, en fin, notar sobre mi cara las manos fuertes de aquel padre que tanto amo y tanto añoro, que una Navidad se fue de este mundo para siempre, y que todos los años, todos, me sacaba del letargo del sueño para decirme al oído mientras destapaba mi cabeza de las mantas y me acariciaba con infinita ternura: “Albertico, levántate que ya han venido los Reyes Magos”




jueves, 22 de diciembre de 2011

FOTOGRAFÍAS DE NAVIDAD "La carta"

Habían dado vacaciones en el colegio esa misma mañana. Un día marcado por el monocorde soniquete de los niños de San Idelfonso cantando los números y premios del sorteo extraordinario de Navidad. En los aparatos de radio, en las televisiones de los bares, en los taxis, en todos los lugares la gente tenía de música de fondo el tradicional cántico de los numeros y, como cada año tambien, las mismas imágenes de personas felices descorchando botellas de cava o de sidra. Abrazos, lagrimas, gritos de jubilo y gorritos de Papa Noel celebrando los mayores o menores pellizcos que habian obtenido en el popular juego que fiel a su cita, paralizaba el pais toda la mañana.  

A la vuelta del cole, los dos hermanos, estaban mas nerviosos de lo habitual pues tenian el firme propósito de escribir la carta a los Reyes Magos. Como todos los años, y como les decía su madre, la carta la tenian que escribir al dar vacaciones pues no podian distraerse durante la época de examenes.  Por tanto, aquella tarde, se sentaron en su habitación y pusieron sobre una de las camas los folletos, revistas y ofertas publicitarias que habian ido recogiendo de los buzones del edificio o incluso habian encontrado por las calles. Francisco de seis años y Juan de cinco, tenian los rostros iluminados por la ilusion de pedir a los Reyes aquellos juguetes que tenían ya escogidos, cuando iban con su madre al Centro Comercial, o que habian visto en las jugueterias del barrio camino del colegio.

Francisco, el mayor, era quien escribía en nombre de los dos pues ademas tenía una letra mucho mas bonita y legible. Merendaban, como todos los dias, un bocadillo de crema de chocolate que su madre les dejaba preparado a mediodia antes de marcharse a trabajar de nuevo. Ellos adoraban a su madre aunque la veían poco. Su padre murió dos años antes y desde entonces, su madre, se pasaba el dia en la calle de trabajo en trabajo. Sabían, pues ella siempre les decía la verdad a sus hijos, que por la mañana desde bien temprano, mamá, limpiaba en un banco, en una oficina de unos abogados y despues en otra oficina de seguros.
Por la tarde, que la pasaban siempre solos, su madre ayudaba a la señora Carmen en la fruteria y  cuando cerraba iba a casa de doña Remedios a darle la cena y acostarla. Por eso casi nunca la veian y pasaban la mayor parte del dia solos. Francisco cuidaba de Juan y ambos se hacían compañía. Cuando su madre volvía a casa, todos los días, los dos hermanos ya estaban durmiendo tras tomarse un vaso de leche con cereales que el mayor preparaba.

Escribieron la carta a los Reyes. Pidieron todos sus juguetes. Dos páginas completas de peticiones. Y despues de merendar estuvieron un rato viendo la tele. Se acostaron con la tranquilidad del deber cumplido tras haber escrito la carta y se durmieron pronto pensando, quizá, en el dulce despertar del dia seis de enero cuando Melchor, Gaspar y Baltasar dejaran a los pies de la cama todo cuanto les habian pedido aquella tarde. Las cartas, debidamente cerradas, las dejaron sobre le mueble del recibidor no sin antes haber puesto, a su madre, una nota en el frigofico cogida con un iman, para que al dia siguiente fuera ella la que las echara a Correos y llegaran a manos de los señores de Oriente.

Fue un dia muy duro para ella. Toda la mañana limpiando en las oficinas y por la tarde tuvo que descargar incluso la furgoneta de la fruta pues el hijo de la Señora Carmen, la frutera, estaba enfermo y la pobre mujer a su edad no podía. Asi que le tocó a ella hacerlo todo. Y despues en casa de doña Remedios tuvo que lavar, planchar y arreglar la ropa de toda la semana pues no lo habia hecho en su momento. Por tanto habia sido un dia agotador que repasaba mentalmente cuando iba camino de casa cerca de las doce de la noche. Las luces de la decoración navideña de la ciudad ya se habían apagado y caminaba sola por la calle pensando en sus dos hijos. Su única alegría.

Al llegar, nada mas introducir la llave en la cerradura de su piso, salió a buscarla Maria Jose, la vecina de enfrente, que le entregó una carta diciendole que se la habian dejado a ella pues habia tenido que firmarla.
Entró en su casa y se le vino el mundo encima. Aquello no podía ser verdad. Aquello no le estaba pasando a ella. No podía ser cierto.

 Lloró amargamente y procuró en todo momento hacerlo de manera que no quería despertar a los niños que estaban en su habitacion durmiendo. No daba crédito al contenido de aquella carta, fria, impersonal, distante y amenazadora.
Tras leerla una y otra vez, y cientos de veces la dejó en la entrada, junto a las cartas de los Reyes Magos de sus hijos. Aquella sería una larga noche y no podría siquiera descansar. La vida definitivamente se había cebado con ella y sus esperanzas estaban rotas. Todo se había acabado. ¿Qué le iba a decir a los niños?

En el mueble del recibidor, junto a las cartas a los Reyes Magos quedó otra del Juzgado numero dos de la ciudad que le avisaba que el dia cinco de enero, procederian a embargale su vivienda pues no habia hecho efectivo el pago de los ultimos cinco recibos de la hipoteca. El Juzgado ejecutaba la orden de embargo decretada por el Banco y le instaban a abandonar la vivienda antes de esa fecha. 

En la otra habitación, dos niños en ese momento, soñaban con un maravilloso amanecer del día de Reyes con todos los regalos que habían pedido a los Magos de Oriente esparcidos por el suelo.